"Si el deporte no existiera, el mundo sería más aburrido". Valentino Rossi.

domingo, 11 de junio de 2017

20 razones

La Temporada futbolística 2016-2017 nos deja un claro protagonista. Aunque fueron bastantes los partidos en los que el nivel de juego dejó serias dudas, lo cierto es que el Real Madrid completó un excelente curso en cuanto a resultados, ganando con autoridad Liga y Champions, además de Supercopa de Europa y Mundial de Clubes. Sobre todo meritorio fue el éxito en la máxima competición continental, donde no se recuerda otro campeón con tanta superioridad.

Ningún rival se acercó siquiera al nivel mostrado por los blancos, ni en España ni en Europa. Sólo Messi pareció poner en duda la consecución final del doblete. Esa fue precisamente una de las razones del desenlace final en la comparativa Madrid-Barça: plantilla frente a individualidades. Porque por muy bueno que sea el argentino (también Suárez y Neymar), poco se puede hacer si el resto no acompaña. Más que nada porque a esto juegan 11 contra 11. Al menos de inicio. Y es que hasta 20 nombres demostraron a Zidane estar capacitados para jugar en cualquier momento y ante cualquier rival, mientras que Luis Enrique temblaba cuando se le pasaba por la cabeza alterar su 11 tipo. Quizás por eso sorprenda aún más el empeño del asturiano con sus constantes rotaciones casi hasta el último día. Visto lo visto, no era una buena Temporada para rotar tanto, deberá estar pensando ahora. Esa profundidad de plantilla fue una de las claves del éxito madridista, pero no la única. Siempre se ha dicho que el centro del campo es el corazón de un equipo, el termómetro que determina su rendimiento. Ya sabíamos que Sergio Ramos, Pepe, Varane, Marcelo o Carvajal eran excelentes defensas, pero ahora hemos descubierto que Casemiro, Isco, Asensio o Kovacic son igual de buenos que Kroos, Modric o James. De hecho, no me gustaría estar en la piel de Zidane para elegir a 3 de entre estos 7, la verdad. De sus recuperaciones y asistencias (también de los fantásticos centros de Marcelo y Carvajal) se supo aprovechar a la perfección Cristiano. Si hay que elegir un nombre por encima del resto ese es el del portugués, sobre todo por cómo ha acabado el año. Sus 10 tantos en los últimos 5 partidos de Champions, en las eliminatorias decisivas, lo confirman entre los mejores goleadores de siempre. Otro nombre que se ha alabado mucho es el de Zidane, pero este caso no es tan evidente. Pese a que el equipo logró mantener una constante línea de buenos resultados, sin baches significativos, lo cierto es que muchos partidos los resolvió en los últimos minutos, y otros sin convencer ni mucho menos. No se puede decir aún que "la mano" de Zidane se note en el juego del equipo, al cual todavía no se le reconoce una identidad marcada.

En eso deberá trabajar el próximo curso el marsellés. También en la política de rotaciones. La idea de utilizar un equipo A en los grandes partidos y otro B en los menores le fue bien este año, pero nadie duda que los Asensio, Isco o Lucas Vázquez querrán jugar pronto también contra Barça o Chelsea y no sólo contra Eibar o Leganés. Por lo demás, el aficionado madridista puede estar tranquilo. Los aciertos en los fichajes de estos últimos años han conformado una plantilla profunda y joven. Las más que posibles bajas de Pepe y Morata deberán ser suplidas con dos nuevas caras, eso sí. No tanto la de James, viendo todo el potencial del que se dispone en esa zona, con joyas como Isco o Asensio aún por explotar. Quizás también un buen lateral que de descanso a Carvajal y Marcelo, pero poco más. Tampoco asustan los rivales, al menos de momento. Juventus, Chelsea, Bayern o PSG son grandes equipos, pero sus plantillas parecen aún lejos de la blanca. Y el Barça es una incógnita. El verano entrante se presenta crucial para el futuro de los azulgranas. Falta ver cómo saldrá la “apuesta Valverde”, y el fichaje de 4 ó 5 “titulares”, sobre todo para la defensa y el mediocampo, parece una obligación. Y es que, aunque por momentos Messi pareció hacerlo saltar todo por los aires, al final quedó demostrado que 20 siempre son más que 11.

domingo, 12 de marzo de 2017

Un milagro

Nos empeñamos en buscar explicaciones para todo. Estamos muy incómodos viviendo situaciones que no entendemos, es propio del ser humano, y nos urge rápido encontrar una causa, la que sea, para quedarnos tranquilos. Pero en ocasiones lo inteligente es aceptar que no hay respuesta. O al menos no sólo una, ni dos. De vez en cuando se alinean multitud de factores, diferentes entre sí, que hacen posible lo imposible.

El Paris Saint Germain llegaba al partido de vuelta de los octavos de final de la Champions League de este Miércoles con unos asombrosos datos en cuanto a goles encajados:
     - Champions: 7 en 7 partidos (1 gol por partido)
     - Ligue 1: 18 en 29 partidos (0,68 goles por partido)
     - Coupe de France: 0 en 3 partidos (0 goles por partido)

Pero, otro dato era todavía más contundente: el 4-0 que le endosó al Barcelona en el partido de ida, marcador que reflejaba con tota justicia el baño de los franceses a los catalanes. Con estos antecedentes, la remontada culé parecía una utopía. El partido tenía que jugarse, entre otras cosas porque de eso tratan las eliminatorias a doble partido, pero se preveía como un mero trámite. La dificultad ya no venía de que el Barça le marcara cuatro goles a un equipo tan compacto, sino de que Cavani, Lucas Moura, Draxler o Di María no anotaran, lo que exigiría nada menos que 6 goles locales… uno menos que todos los recibidos por los franceses en toda la competición.

Pero el Barça salió pareciendo creer en la gesta. Y el gol a los tres minutos de Suárez no venía mal, la verdad. El PSG, por su parte, esperaba demasiado atrás, y el encuentro, que se jugaba completamente en el campo visitante, parecía más balonmano que fútbol. Sin embargo, a pesar del dominio en el juego, la intensidad, y de jugar en una zona tan cercana a la portería, los de Luis Enrique no acertaban en el último pase y no generaban demasiadas ocasiones. Así siguió hasta cinco minutos antes del descanso, cuando Iniesta tuvo fe en un balón casi imposible y provocó el gol en propia puerta de Kurzawa. Con el 2-0 uno empezaba a abrir bien los ojos, y se preguntaba si en serio podría suceder. Y ya el rápido 3-0, un penalti sobre Neymar que transformaba Messi, a poco de la reanudación, hacía creerlo de verdad. Más de media hora por delante y a un solo gol de forzar la prórroga. Lo imposible ya no lo era tanto. Pero en ese momento los de Emery parecieron despertar. Viendo que se asomaban de forma irremediable al precipicio, adelantaron líneas en busca de un tanto que acabara ya con las bromas. Y lo encontraron rápido, por medio de Cavani. Lo celebraron como si hubiesen ganado la Champions… y no era para menos. Era el gol que “parecía” cerrarlo todo. La alegría parisina fue proporcional al shock barcelonista. Se entró en un ida y vuelta que parecía favorecer al PSG, que tuvo en un par de ocasiones el 3-2. Pero el que marcó fue Neymar, un golazo de falta que apenas nadie en el campo celebró. Lógico. Era el minuto 87 y aún faltaban dos. Materialmente imposible. Pero entonces llegó la jugada clave del partido. Cumplido ya el minuto 90, el árbitro turco-alemán Aytekin (no se puede pitar bien con ese nombre) se inventó un penalti en una caída en el área de Suárez y Neymar volvía a ponernos a todos los ojos como platos. Ya con todos de pie, en el Camp Nou y en todas las casas de Europa, una falta a 40 metros del área. La última. Neymar (que estaba en todos los sitios) la colgó, la defensa rechazó como quien saca agua a cubazos, y el balón le volvió al brasileño, que con un amago se quitó a Verratti de en medio y puso un sutil balón a la espalda de la defensa francesa. Un balón que cazó Sergi Roberto pero que rematamos todos. Un 6-1 para la historia, una remontada épica (bueno, dos en un mismo partido más bien) y una noche que quedará en el recuerdo de todo buen aficionado al fútbol… al deporte en general.

Y no hace falta buscar la causa. Entre otras cosas porque no la hay. Mucho se ha hablado del árbitro, que cierto es que benefició al Barça no sólo en el penalty del 5-1 sino en un par más de jugadas, pero también lo es que los culés llegaron al descanso con la mitad del trabajo hecho sin su ayuda, y que Aytekin (¡qué nombre!) el que marcó el gol decisivo. Fue sólo un factor más. Como lo fue el planteamiento valiente de Luis Enrique (con 3 defensas y en momentos 4 delanteros), la intensidad y el hambre de los azulgranas sin balón o la exhibición de Neymar. O como también lo fue, por contra, la disposición ultra-defensiva del PSG, el nefasto partido de jugadorazos como Thiago Silva, Marquinhos, Verratti, Matuidi o Draxler, o el pánico que le entró al equipo a partir del 4-1 (dieron 4 pases en 10 minutos, y 3 de ellos para sacar de centro). Todo eso tuvo parte de culpa. Y nada de eso, al mismo tiempo. Porque los milagros, que es lo que fue y por eso tanto nos emocionó a todos, no se justifican. Los milagros se disfrutan.


miércoles, 22 de junio de 2016

Promesas cumplidas

Hablábamos de él por aquí hace hoy justo un año. De un chico de provincias, criado en el Estados Unidos más rural, que se prometió hacer campeón de la NBA algún día al equipo de su tierra. Nada menos. Lo intentó en sus primeros años en la mejor liga de baloncesto del mundo, llegó a jugar una final incluso, pero la frustración le hizo ver que debía probar otra aventura para liberarse, para coronarse. Y lo hizo. Por partida doble. Pero aquella promesa nunca la olvidó, y regresó a casa hace dos veranos. La temporada pasada se quedó a las puertas, pero hace unos días cumplió su palabra. Cómo no.

Lebron James ha conseguido posiblemente el campeonato con más mérito de la historia. Remontando un 3-1 en las Finales, hito nunca antes visto, y ante el mejor equipo de siempre en Liga Regular, los Warriors, con su espectacular balance de 73-9. Lo ha hecho, además, liderando los cinco principales apartados estadísticos en la final (puntos, rebotes, asistencias, robos y tapones), con una autoridad aplastante, haciendo de todo sobre la pista. Y con triple doble en el séptimo partido como guinda. Recibió la inestimable ayuda de un sensacional Kyrie Irving, sí, pero este título es suyo. De aquel chico de Akron, Ohio, que un día soñó con hacer campeones del mundo a los suyos. A la gente de Cleveland, una ciudad algo más grande que Alicante, cuya última victoria de un conjunto profesional deportivo databa de 1964. Pues ya lo ha conseguido. Ya ha ganado el anillo con dos equipos distintos. Ya es uno de los 5 mejores de todos los tiempos. Ya nos ha vuelto a emocionar... por penúltima vez.


domingo, 20 de marzo de 2016

Lo que todos quisimos ser

Que la Premier es la liga más emocionante e impredecible de Europa ya no es un secreto para nadie. Se podrá discutir si es la mejor o no, pues seguramente ninguno de sus equipos tengan el nivel de Barcelona, Real Madrid, Bayern Múnich o Paris Saint Germain, pero la igualdad que se ha generado los últimos años en Inglaterra le dota de un atractivo único. Lo que está haciendo esta temporada el Leicester City lo ejemplifica y eleva a su máxima expresión. A finales de Marzo como estamos ya, el humilde club inglés es líder con 5 puntos de ventaja sobre el Tottenham y 11 sobre el Arsenal.

La gesta es de mucho cuidado. Leicester es una ciudad perdida en el corazón de Inglaterra, en los denominados Midlands, más pequeña que Alicante, cuyo equipo de fútbol ascendió a la máxima categoría hace tan sólo dos temporadas, tras 10 años de ausencia. El año pasado, además, logró la permanencia en la última jornada, y en verano no hizo ni mucho menos fichajes de renombre que hicieran prever el milagro que está a punto de conseguir. Sería, sin duda, uno de los mayores de la historia. Su explicación, si es que la hay, reside en conceptos como: colectivo, sacrificio o confianza. También en la magia de la Premier, una competición en constante busca por la igualdad entre sus equipos donde, por ejemplo, el club que menos ingresa en derechos de televisión (el Cardiff, con 75 millones de euros), sería en España el tercero que más, sólo por detrás de Real Madrid y Barcelona. Si hablamos de nombres (injusto la verdad en un equipo donde la fuerza está en el grupo) merece una mención el gran trabajo de su entrenador, el italiano Claudio Ranieri. Si, si, Ranieri. Aquel técnico que pasó sin pena ni gloria por Valencia y Atlético, entre otros muchos equipos y países, al que ya teníamos casi desaparecido del mapa y cuyo palmarés se reduce a un par de Copas y Supercopas. Hasta ahí llega el milagro. Mucha parte de culpa recae también en la pareja que forman Riyad Mahrez y Jamie Vardy, que ya suman 35 goles. Dos jugadores a los que hace unos meses nadie conocía y por los que ahora se pelean los Manchesters, Chelseas y Arsenals de turno. Lo de Vardy es de película. Actual pichichi de la competición, y tras establecer un nuevo record histórico al marcar en 11 partidos consecutivos, en 2012 aún andaba jugando en la quinta división, ya cumplidos los 25 años. Y es que se podría escribir un cuento con todo esto.

No sabemos aún si el cuento acabará en final feliz o no, pero ya casi es lo de menos. Tras el parón en la Premier por los amistosos de selecciones del próximo fin de semana, tan sólo quedarán 7 jornadas para su finalización. Y el Leicester lo tiene ahí. Lo tenemos ahí. Porque el Leicester es hoy el equipo de todos. Y es que todos quisimos, alguna vez, competir de tú a tú contra los equipos más grandes, en los estadios más grandes. Todos quisimos, alguna vez, entrenar a un grupo de jugadores humilde, convencerlos de que sí se puede, tener una última reivindicación cuando nadie daba un duro por nosotros. Todos quisimos, alguna vez, ser pichichi de la mejor competición, copar las portadas de los periódicos, salir en los telediarios y codearnos con las grandes estrellas. Soñar despiertos, en definitiva. Y es que el Leicester es lo que, alguna vez, todos quisimos ser.

domingo, 10 de enero de 2016

Vivir en el reto continuo

Hace unas semanas se confirmó la noticia que todo aficionado al baloncesto venía lamentablemente esperando: Kobe Bryant se retirará a final de temporada. Y es que, viendo la plaga de lesiones que padeció estos dos últimos años, lo extraño es que no lo anunciase antes. Si no lo hizo fue, sin duda, por su amor al juego, ese que le convirtió en uno de los más grandes de siempre, y ese que le convenció de que no podía despedirse apoyado en unas muletas, sino con un balón entre sus manos. Como él mismo comunicó en su carta de despedida, lo deja porque su cuerpo le ha dicho basta, a pesar de que su corazón y su cabeza siguen tan fuertes como el primer día. Un primer día que queda ya muy lejos, allá por 1996, nada menos. Han sido 20 años maravillosos, una carrera excepcional e inigualable de la que toca ahora hacer balance.


Bryant ha sido tan grande que logró poner de acuerdo a casi todos, desde los más románticos hasta los más puristas. El de Philadelphia sumó a su indudable talento nada menos que 5 anillos de la NBA, en dos épocas diferentes, y siendo en todos ellos protagonista. Al éxito colectivo le acompañó, como no, un sinfín de logros individuales: 1 MVP de la Temporada, 2 MVPs de las Finales, 17 All-Star Games (con 4 MVP incluidos), 11 apariciones en el mejor quinteto de la Temporada o sus 81 puntos ante Toronto Raptors en 2006 (segunda mejor marca histórica en la NBA), son quizás los más relevantes. Viendo todo esto bien podríamos terminar aquí el artículo. Pero Kobe es mucho más.

Nadie como él ha podido aguantar con tanta dignidad la comparación con el más grande, Michael Jordan. Además del factor títulos (se quedará a sólo 1 de los 6 conseguidos por el de Brooklyn), Bryant siempre recordará a Jordan por su estilo de juego. Unos movimientos que siempre intentó copiar, y que consiguió finalmente hacer suyos. Un logro que nos muestra otra de sus virtudes: su enorme carácter competitivo. Lo que para cualquier otro jugador hubiera sido una tremenda carga, para él supuso un maravilloso reto: ser mejor que MJ. Llegó a ser una auténtica obsesión, como recordó el mismísimo Phil Jackson en su último libro. En él contaba una anécdota que nos da una idea de ese carácter del que hablamos. Corría el año 1999 y el técnico, en un intento de hacer ver a un individualista Kobe la importancia del juego colectivo, acordó un encuentro con Michael en Chicago. Justo después del apretón de manos con el mito, al de los Lakers, con tan sólo 21 años, no se le ocurrió otra cosa que soltarle: “tú sabes que te puedo patear el culo en un 1 contra 1”. Quizás fuera esa determinación y auto-confianza, además por supuesto de sus excepcionales condiciones, lo que le hizo acercarse más que nadie al 23. Una obsesión que se alivió en parte cuando recientemente le arrebató el tercer puesto en la lista de máximos anotadores históricos de la NBA. Y decimos en parte porque su verdadero objetivo siempre fue superarle en anillos, cosa que finalmente no logrará. Tampoco nos dejará seguramente un legado como el de Jordan, ese impacto que en los '90 revolucionó la NBA, Estados Unidos y el mundo entero, y que provocó que millones de niños se aficionaran al baloncesto. Aunque quizás haya sido sólo una cuestión temporal, de aparecer en un momento posterior en la Historia, quién sabe.

Y es que la trayectoria de Kobe Bryant se basa en los retos continuos. El de superar a Jordan fue el más ambicioso, sin duda, pero también lo fue el pasar directamente desde el Instituto, siendo un niño de 18 años, a una competición profesional tan exigente y poder competir desde el primer día. El tapar las bocas de todos aquellos que decían que nunca podría ser campeón sin Shaquille O’Neal a su lado, cuando lo logró por partida doble en 2009 y 2010. O el de no tirar la toalla cuando llegaron las lesiones, recuperarse de ellas con el enorme esfuerzo que algunas requerían (rotura del tendón de Aquiles en 2013 por ejemplo) y cumplir su deseo de retirarse sintiéndose todavía jugador. Vivir en el reto continuo: común denominador de los más grandes. Como Magic, negándose a que el VIH le impidiera volver a jugar. Como Jordan, demostrando a todos que podía seguir compitiendo con 40 años. O como LeBron, soñando con hacer campeón al equipo de su tierra. Por citar algunos ejemplos. Una manera de entender el baloncesto que lleva a sus protagonistas a dejar huella, a formar parte de un reducido grupo de elegidos. Grupo del que Kobe Bryant formará parte para siempre.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Forever young

Han pasado ya casi dos semanas pero tendrán que pasar muchísimas más para olvidarlo. Si es que lo olvidamos. España conquistó en Lille su tercer Eurobasket en seis años (tres de los últimos cuatro), este si cabe el más meritorio de todos debido a las numerosas bajas y su mal inicio de campeonato. Pero esto no fue lo mejor. Un estelar Gasol sacó todo su repertorio en los partidos decisivos (con los 40 puntos y 11 rebotes en semis como clímax) y se llevó uno de los MVP’s más merecidos que se recuerdan.

Que Pau Gasol es el mejor jugador español de baloncesto de la Historia ya lo sabíamos. No hacía falta esto. Pero su ambición ilimitada y su enorme talento nos regalaron unos minutos sólo al alcance de los más grandes. El último cuarto y prórroga de Gasol en la semifinal contra Francia es aquel minuto final de Jordan en Utah en el séptimo partido de las Finales de 1998, los 13 puntos en 33 segundos de McGrady para remontar un partido imposible a los Spurs en 2004 o los 81 puntos que Bryant le endosó a Toronto Raptors a principios de 2006. Una exhibición en toda la extensión de la palabra, una muestra de cómo un deportista puede pasar por encima de todos sus rivales y un recordatorio de porqué amamos el deporte. Lo más asombroso quizás es que lo haga a estas alturas, con 35 años y después de haberlo ganado todo como ha hecho. Pero así son los grandes. Siempre vuelven.

Y es que nos estamos acostumbrando últimamente a ver grandes actuaciones de veteranísimos que, lejos de resignarse al paso del tiempo y una lógica decadencia, se empeñan en seguir peleando en la élite. Así lo hacen dos de los ciclistas más laureados de la última década, también compatriotas nuestros. Alejandro Valverde y Joaquim Rodríguez no sólo comparten la clase sobre la bicicleta y un tremendo carácter, sino que estando ya más cerca de los 40 que de los 30 siguen en primera plana. Así lo confirma el espectacular 2015 que llevan, con los triunfos en la Lieja-Bastoña-Lieja y la Flecha Valona, el podio en el Tour y una etapa más maillot de los puntos en la Vuelta del murciano; y las dos etapas en el Tour, además del podio, una etapa y el maillot de la combinada en la Vuelta de Purito. Y entre otras victorias. Impresionante. En tenis seguimos disfrutando también al máximo nivel del para muchos mejor tenista de la historia. Tras un 2013 muy flojo que amenazaba con precipitar su declive (llegó a bajar hasta el 6º puesto en el ránking ATP), Roger Federer ha vuelto. Ya el año pasado mejoró notablemente, volviendo a la final de su Grand Slam fetiche, Wimbledon, y conquistando la primera Copa Davis para Suiza en su historia. Y esta temporada lo está confirmando, donde sólo el hecho de encontrarse con un Djokovic en estado de gracia en las finales de Londres y Nueva York evitó dos grandes más para su palmarés. Y si hay alguien que casi todos dábamos por acabado ese era Valentino Rossi. Su escasez de victorias en el último lustro y la aparición de dos fenómenos como Lorenzo y Márquez, nos hacía pensar que su tiempo ya había pasado, pero El Doctor se resiste a jubilarse. Unos ajustes en su Yamaha le han servido para volver a liderar la clasificación general, a tan sólo cuatro carreras de finalizar la temporada.


Los constantes avances en preparación física, medicina y nutrición explican en gran parte la longevidad de sus carreras, y esto es un no parar. Nos tendremos que ir acostumbrando a ver atletas de élite rozando los 40. Su talento innato también tiene mucho que ver. Gasol seguirá siendo imparable de espaldas al aro incluso después de su retirada, nadie podrá nunca ni acercarse al revés de Federer a una mano o a las arrancadas mortales de Valverde en los tramos finales de etapas. Y, finalmente, su hambre insaciable de triunfos, de permanecer en el top de sus especialidades, de querer siempre más y más a pesar de haberlo ganado todo. Podrían tumbarse tranquilamente ya a la bartola. Pero no lo hacen. Porque esta gente es lo que cantaban Alphaville… “forever young, i want to be forever young”. 

lunes, 22 de junio de 2015

El corazón de un campeón

Hay personas conformistas, con miedo a salirse de su zona de confort y que se satisfacen al alcanzar una determinada cuota de éxito en sus vidas, por mínima que esta sea. Gente que, consciente de la fuerte competitividad existente en nuestros días (y más aún en el deporte profesional), decide que mejor disfrutar de lo ganado en lugar de arriesgar por retos mayores. Ya sea por falta de ambición o por miedo a fracasar, la realidad es que son la mayoría. Por el contrario, otro pequeño grupo se mueve por el reto, el desafío, la superación. Valientes que hacen de la ambición y la exigencia su gasolina para vivir. LeBron Raymone James pertenece sin duda a este segundo.

Su historia es la de una continua reivindicación. Y es que ya desde su época de Instituto recayeron sobre él unas enormes expectativas. Antes, su infancia no había sido nada fácil. Su madre lo tuvo con apenas 16 años y se vio obligada a criarlo sola, sin ayudas, después de que su alcohólico padre los abandonara. La joven hacía lo que podía, alternando trabajos precarios, pero siempre se desvivió por mantener a su hijo alejado de la pobreza, las drogas y la violencia que infestaban los barrios más humildes de Akron (Ohio). Pronto le regaló un aro y un balón, y su pasión por el baloncesto despertó. Con unas condiciones atléticas privilegiadas, comenzó a destacar también en fútbol americano, pero se acabó decidiendo por el deporte de la canasta. Se matriculó en el St. Vincent – St. Mary High School con su grupo de amigos, y empezaron a ganar partidos sin parar. LeBron era el líder de aquel equipo de Instituto que se paseaba allá donde iba. Sin haber cumplido aún la mayoría de edad, se convirtió en un auténtico fenómeno social a nivel nacional debido a sus continuas exhibiciones. Incluso en Febrero de 2002 nada menos que Sports Illustrated, la revista deportiva más prestigiosa del mundo, le situó en su portada, con tan sólo 17 años, bajo el titular “the chosen one” (el elegido). La etiqueta de “el próximo Jordan” no tardó en llegar pero, al contrario que otros que rechazaron tal presión en cuanto se les señaló, James parecía disfrutar con ella. Nunca escondió que MJ era su auténtico ídolo, al cual le copiaba en todo lo que podía, incluyendo el 23 de su camiseta. Una muestra de su tremendo carácter. A nadie le quedaban dudas durante su último año de Instituto de que descartaría su paso por la Universidad y daría el salto a la NBA, donde ya le esperaban frotándose las manos. Una mina de oro que también vio Nike, con quien firmó un contrato de 90 millones de dólares por siete años. Lo nunca visto para un chico de 18 años. Por azares del destino, el número 1 de la lotería del Draft de 2003 recayó en los Cleveland Cavaliers, la franquicia de su estado. Lógicamente, LeBron fue “el elegido”. Su impacto en la liga fue inmediato, superando los 20 puntos, 5 rebotes y 5 asistencias en su primera temporada, ganando el premio a Rookie del Año. Sus números fueron aumentando notablemente pero la mejora de su equipo era mucho más lenta. No llegaron a clasificarse para Playoffs hasta su tercer año, donde cayeron en segunda ronda. Ese mismo verano, en 2006, acabó su contrato y le tocó elegir. Pudiéndose ir a un equipo con mejor plantilla, un mercado más grande o una ciudad más atractiva, optó por renovar con los Cavs con el objetivo de traer el campeonato a su tierra. El final de esa siguiente campaña pareció premiar su decisión al proclamarse campeones de la Conferencia Este y acceder a las Finales, pero fueron vapuleados por los San Antonio Spurs en un contundente 4-0. Durante los siguientes años el equipo, aunque siguió siendo competitivo, no se supo reforzar adecuadamente y playoffs tras playoffs quedaban eliminados demasiado pronto. Al término de su segundo contrato, en 2010, un James totalmente frustrado decidió cambiar de aires y fichar por los Miami Heat, en un proyecto pensado sólo para ganar junto a Wade y Bosh. Firmó por cuatro años, en los que juegan cuatro Finales y consiguen dos campeonatos. Por fin el éxito. Sin embargo, cuando lo más fácil era quedarse en Florida, hacer unos retoques en la plantilla y seguir ganando títulos, optó por regresar a casa. Consciente de la asignatura pendiente que dejó “con los suyos”, decide aceptar el desafío de hacer campeón a un equipo perdedor, como era entonces Cleveland. Otra vez a empezar de cero.

Tras una temporada repleta de dificultades, entrenador novato, multitud de fichajes al inicio y a mitad y lesiones decisivas al final, LeBron cayó hace unos días en las Finales de la NBA ante los Golden State Warriors. Sin embargo, ha sido sin duda su gran protagonista. Con sus dos escuderos “all-star”, Irving y Love, fuera de combate, prácticamente nadie les daba ni una sola opción contra los californianos, un rodillo que se paseó en Liga Regular (récord de 67-15) y que superó con solvencia los Playoffs. Pero a James, movido por ese espíritu de superación y reivindicación que ha guiado su vida, pareció no importarle demasiado. Prácticamente sólo, rodeado de unos compañeros muy limitados, puso la serie 1-2 en favor de los Cavs, con actuaciones memorables y triple-doble incluido en el segundo. Sólo el cansancio, las variantes tácticas de los Warriors y un banquillo rival mucho más profundo han podido finalmente con un coloso que acreditó en los seis encuentros (4-2 al final) unos números estratosféricos: 35.8 puntos, 13.3 rebotes y 8.8 asistencias.

Habrá ahora quien seguro recordará sus cuatro Finales perdidas de seis disputadas, que no tiene esa magia de Jordan, Duncan o Bryant en los momentos decisivos, que le pierde su carácter altivo y prepotente, o que nunca liderará una dinastía ganadora por su excesivo egoísmo y desprecio al colectivo. Algunos ya lo están haciendo. Yo, tratándose del personaje del que se trata, les contestaría con aquella frase que pronunció el mítico entrenador de los Houston Rockets, Rudy Tomjanovich, al recibir el trofeo de campeón de la NBA hace justo ahora 20 años, tras una mediocre Liga Regular en la que sufrieron crueles críticas: “Nunca subestimes el corazón de un campeón”. Pues eso.