"Si el deporte no existiera, el mundo sería más aburrido". Valentino Rossi.

domingo, 29 de septiembre de 2019

¿El mejor equipo que el dinero puede comprar?

Fuente: https://www.instagram.com/dazn_es/ 

Comenzó ya la Liga Endesa, y en unos días arranca la Euroliga. A los ya tradicionales favoritos a todo (Real Madrid, CSKA, Fenerbahçe o Panathinaikos) se le suma este año otro que llevaba ya demasiados dormido. El FC Barcelona ha realizado este verano quizás la mayor apuesta por la sección de baloncesto en su historia. Desde 2014 sin reinar en España y desde 2010 en Europa, la directiva de Bartomeu (¿influenciados quizás por las elecciones de 2021?) ha decidido, por fin ya, ponerle remedio. Tras unos últimos años con un presupuesto entre 25-30 millones de €, se habla de que el de este año se irá hasta los 40. Sin embargo, en este lado del Atlántico aún carecemos de la transparencia económica de la NBA, así que quién sabe. Lo que está claro es que la inversión en el baloncesto este año se ha incrementado considerablemente.

El otro día Antoni Daimiel (sobran presentaciones), mientras en uno de los maravillosos episodios de Colgados del Aro (YouTube) debatían sobre esta gran plantilla, recuperó aquella mítica frase que Phil Jackson pronunció allá por 1999, refiriéndose al ramillete de estrellas que los Portland Trail Blazers por entonces acababan de reunir: "el mejor equipo que el dinero puede comprar", dijo el técnico de los Lakers en aquel momento. El comentario me puso algo nostálgico (no precisamente por aquellos Blazers sino por aquellos Montes y Daimiel), y me propuse volver a ver algún partido de aquel equipo. Curiosamente, parece establecerse un gran paralelismo con este Barcelona.

Estadísticas de los jugadores de Portland Trail Blazers en la temporada 1999-2000. Fuente: www.hispanosnba.com.

Ya desde las primeras semanas de competición aquella genial pareja narrador-comentarista que nos contaba la NBA por Canal+ alertaban de los posibles puntos débiles de los de Oregon. Aunque compartían la visión de Jackson o del entonces blazer Scottie Pippen ("es una de las mejores plantillas de todos los tiempos", llegó a decir), transmitían sus dudas sobre la dirección del equipo. Daimiel destacaba la "socialización" absoluta en cuanto a reparto de minutos que aplicaba Mike Dunleavy, transformando a una estrella de la liga como el propio Pippen "en uno más", decía Antoni. La enorme profundidad de la plantilla llevó al técnico neoyorkino a repartir rigurosamente el tiempo de juego. Con un quinteto inicial de ensueño formado por Stoudamire, Smith, Pippen, Wallace y Sabonis (con un salario conjunto de 53 millones de $, más que muchas plantillas completas) la segunda unidad era casi tan potente con nombres como Anthony, Wells, Schrempf, Grant o Jermaine O'Neal. Dunleavy optó por la solución más fácil, queriendo contentar a todos, pero quizás no optimizando al máximo tanto talento. Era Montes sobretodo el que más se sorprendía. No podía entender cómo Damon Stoudamire no gozaba de más minutos, quedándose incluso en el banquillo en los tramos decisivos de los partidos, en detrimento de un base como Gregg Anthony más "ordenado" pero de mucha menor calidad. Andrés ya en Noviembre sospechaba que aquel equipo le venía grande a Dunleavy: "¿qué haría Portland con Phil Jackson o Pat Riley sentado en el banquillo?", se preguntaba. "Pues ganar la NBA", contestó tranquilamente Daimiel al instante. Ellos parecían tenerlo claro.

El último cuarto del séptimo y definitivo partido de las Finales de Conferencia empezaba con los Blazers 15 puntos arriba sobre los Lakers en Los Ángeles. Cuando ya se veían acariciando con los dedos la final de la NBA, una reacción de los Bryant, O'Neal y compañía volvió a igualar el encuentro. Andrés Montes se hacía cruces con la inacción de un Mike Dunleavy que no pidió el tiempo muerto hasta el ecuador del cuarto, ya con los locales a tan sólo 3 puntos. Con aclarados para que Rasheed Wallace se jugara los tiros como casi única estrategia ofensiva, realizó también un sólo cambio en ese tramo, el de Brian Grant por un Sabonis con problemas de faltas. El parcial no hizo más que crecer (31-13 terminó siendo el de aquel último periodo) y los de Phil Jackson acabarían accediendo y a la postre ganando la gran final ante los Indiana Pacers. Las predicciones de Montes y Daimiel se confirmaban, y aquella plantilla poco a poco se fue desmontando, no volviendo a llegar ya nunca tan lejos.

Plantilla del FC Barcelona para la temporada 2019-2020. Fuente: www.muevetebasket.es.

Justo veinte años después de aquel verano del '99 (algún día deberá contarnos Daimiel, por otra parte, qué pasó durante aquellos meses) se conforma otro "súperequipo", como lo definió hace un par de meses una voz tan autorizada en "Can Barça" como la de Juan Carlos Navarro. A los diez nombres que se mantienen del curso pasado se le suman cinco estrellas que podrían formar un quinteto inicial de auténtico lujo: Delaney-Higgins-Abrines-Mirotic-Davies. A priori es una plantilla sin fisuras. La dirección de juego la forman tres bases muy complementarios entre sí, pues a la ya gran pareja Heurtel-Pangos se le sumó, hace tan sólo unas semanas, un Malcolm Delaney que parece ser la guinda del pastel. El ex de Atlanta Hawks, tras un año en China, viene en principio a cubrir la baja del francés hasta su regreso, pronosticado para Enero-Febrero, pero como juegue a su nivel a ver quién es el valiente que le sienta. En los puestos de escolta y alero, a Ribas, Hanga, Kuric y Claver (cuatro exteriores que casi cualquier equipo firmaría tener) se les añaden ahora Higgins y Abrines, dos nombres con ya mucha experiencia europea a pesar de que ninguno supera la treintena. El primero llega tras su brillante paso por el CSKA, y el segundo, de vuelta de la NBA, ya triunfó en su primera etapa como culé. Y por dentro, a Oriola y Tomic les acompañarán este año Nikola Mirotic y Brandon Davies, nada menos. El montenegrino llega para reinar en Europa, con un súpercontrato (se habla de 8-9 millones brutos por año, lo que le situaría como el mejor pagado del continente), tras rechazar varias ofertas NBA. Y el segundo fue quizás el pívot más codiciado el pasado verano por los grandes europeos, Real Madrid incluido. Trece jugadores de primerísimo nivel a los que se les suman los jóvenes Smits y Pustovyi, de un nivel inferior pero que el curso pasado ya mostraron buenas maneras.

Parece un equipo de Play Station, cuando uno es el entrenador y ficha a quién le da la gana. Pero precisamente ahí quizás resida el factor que más dudas genera, tal y como Montes y Daimiel alertaban sobre Dunleavy. Svetislav Pesic es una leyenda sin duda del baloncesto europeo, con multitud de títulos tanto a nivel clubes como selección (incluida la primera Euroliga culé en 2003), pero que a sus setenta años recién cumplidos siembra dudas en cuanto a su actualización con el basket de hoy en día. De fuerte e inflexible personalidad, el serbio potencia siempre en sus equipos la vertiente defensiva y el sacrificio de los nombres por el bien común. Su temperamento le llevó el curso pasado a ser expulsado en varios encuentros, y muy comentados fueron sus encontronazos con dos de las estrellas del equipo, los franceses Heurtel y Seraphin, apartando incluso a este último de la rotación en el tramo decisivo de la temporada. El paralelismo en la relación Pesic-Heurtel con aquella Dunleavy-Stoudamire que tan nervioso ponía a Andrés Montes, así como en los perfiles de los cuatro protagonistas, es tan evidente que asusta. Pero más allá de esa anécdota, está por ver cómo Pesic administra el tiempo de juego de esta plantilla y hasta qué punto sabrá optimizarla.

"Al final, Daimiel, la vida es así... mucha pizarra, mucha táctica... pero en un minuto salvaje.... ni pizarra, ni táctica, ni nada de nada... talento, única y exclusivamente talento, individualidades", le decía Montes a Daimiel. Una frase, por otra parte, que refleja perfectamente la esencia de este blog. Quizás Andrés tenia razón, pero siempre se ha dicho que las individualidades ganan partidos y los equipos campeonatos. Veremos qué acaba pesando más en este Barcelona, porque posiblemente sean los quince mejores nombres que el dinero puede comprar, pero está por ver si es también el mejor equipo.

lunes, 20 de mayo de 2019

A veces no hace falta ganar

Con todas las vivencias ya acumuladas y con lo que se puede ver por ahí, uno se siente bastante convencido de que nada por sí sólo da la felicidad. En realidad ni siquiera esta existe como tal. Ir en busca de algo para alcanzarla es perder el tiempo. La felicidad no se busca, se vive. El camino transitado es mucho más importante que uno u otro desenlace. Sobre todo porque es con él con quien pasamos la gran parte del tiempo. Que le pregunten a uno de los muchos decepcionados con la última temporada de Juego de Tronos si el camino mereció la pena. Pues claro que sí. O a alguien a la vuelta de un viaje si volvería a gastarse todo ese dinero para acabar regresando al mismo sitio unos días después. O a cualquiera de nosotros si no se arrepiente de gastar horas y horas cada fin de semana "sólo" tomando unas cervezas y echando unas risas con amigos. Con los buenos momentos que todo ello nos hace pasar.

El pasado Sábado el CF Castalla se quedó a las puertas del ascenso a la Primera Regional del fútbol valenciano tras no poder remontar el 1-0 con el que volvió de Villajoyosa tras el partido de ida del playoff. Tras una primera parte con mucha tensión pero poco control de juego y ocasiones por parte de ninguno de los dos equipos, los locales salieron a la segunda con la convicción que les había faltado y pronto abrieron el marcador, igualando así la eliminatoria. Pero cuando más cerca parecía estar el segundo, los visitantes se encontraron con un gol que ya antes del encuentro se vislumbraba como decisivo. Ahora hacían falta otros dos, a poco menos de un cuarto de hora para el final, y el golpe moral para los nuestros fue tremendo. Tanto fue así que ya ni siquiera dispusieron de grandes ocasiones para marcar, llegando incluso en el descuento el definitivo 1-2 para el CF Atlético Jonense. Un final muy cruel, también teniendo en cuenta el temporadón realizado. Acostumbrados a una media de 40 puntos los últimos años, el Castalla se fue este hasta los 64, con 20 partidos ganados, 4 empatados y 3 perdidos, quedando en segunda posición del Grupo 10 a sólo 8 puntos del Rayo Ibense "B". Uno que ha visto gran parte de los partidos (y que ha pasado muchas horas también sobre el césped) puede asegurar lo enorme del éxito. Claro que ahora duele, y mucho, sobre todo si lo tienes tan cerca, si te lo has merecido durante nueve meses y aún más si nunca lo has conseguido. Pero las vivencias, emociones y alegrías disfrutadas durante este año único, desde jugadores a aficionados y pasando por entrenadores, directivos y colaboradores, ya no las podrá borrar nadie.

Un amigo me decía, justo al término del partido, que "deben quedarse con la parte positiva: ahora ya saben que pueden". Es verdad, aunque en realidad ni siquiera un ascenso de Categoría hace falta para saber que sólo el camino ya mereció la pena. La posibilidad de conocer a más gente del pueblo más allá del reducido grupo de amigos, defender los colores de los tuyos por toda la provincia o simplemente juntarse para hacer deporte cada semana con otros vecinos es mucho más importante (y gratificante) que cualquier triunfo. Eso ya lo sabemos los que casi nunca hemos ganado.

                                                                            Foto: Facebook del C.F. Castalla

miércoles, 8 de mayo de 2019

También contra los tuyos

Foto: Agencia EFE.

Se supone que en cualquier deporte colectivo uno compite contra sus rivales arropado por los suyos. De eso se trata. Y sólo así parece posible conseguir triunfos, más aún en fútbol, donde juegan once contra once. Pues bien, esta Temporada estamos siendo testigos de una nueva modalidad: el uno contra todos.

Anoche en Anfield quedaron al descubierto prácticamente todas las carencias de este Barcelona (además de la evidente e incomprensible falta de actitud). Fue como un baño de realidad. Y que hasta anoche no nos hayamos percatado de ellas es sólo culpa de un nombre: Leo Messi. Sus constantes exhibiciones (sus dos golazos de falta en Cornellà, sus dos hat-tricks en sus visitas a Sevilla, su partidazo en Wembley o sus dobletes ante Lyon, Mancheter United y Liverpool, por poner algunos ejemplos de partidos complicados) nos han ido generando la sensación de que no importaba nada más. Los árboles no nos dejaban ver el bosque. Ayer no llegó la exhibición y todo el resto quedó en evidencia. Pero es que ni siquiera es que hiciera falta. Para defender un 3-0 en un partido de vuelta basta con estar un poco metidos en el asunto. Pues ni con esas.

Nadie sabe aún hoy, casi dos años después, a qué juega el Barça de Valverde. La falta de un estilo de juego, una identidad propia, ha provocado Domingo sí y Miércoles también quedar siempre a merced del rival y sufrir innumerables ocasiones de gol, que sólo las paradas de Ter Stegen (el único que se ha acercado al nivel del argentino) ha podido contener. Porque tampoco los pesos pesados han estado a la altura. La Temporada que lleva Busquets es para hacérselo mirar. Hace unos meses, a pie de campo, confesaba que no se veía jugando hasta los trentaymuchos. Quizás debería plantearse si seguir con trentaypocos. También este Suárez es una sombra del que ha sido siempre, cada vez más centrado en sus protestas a los árbitros que en la portería contraria. A Rakitic parecen haberle ya abandonado las piernas, y otros como Sergi Roberto, Piqué o Jordi Alba han ido claramente de más a menos. Por último está la planificación deportiva. Pese a acertar en fichajes como los de Arthur, Lenglet, o Arturo Vidal, el grueso de la inversión parece haberse tirado por la borda. La directiva de Bartomeu ha comprometido seriamente el futuro del club gastando casi 300 millones de euros en dos jugadores a los que les tiemblan las piernas cuando se visten de azulgrana: Coutinho y Dembélé.

Con todo, Messi ha conseguido ganar una Liga teniendo que superar no sólo a todos sus rivales, sino también a su propio club. Algo insólito. Además se ha plantado en la final de Copa tras tener que acudir en dos ocasiones al rescate para remontar. Pero se ha quedado a las puertas de otra Champions, la más "linda y deseada", como el propio Leo admitía en pretemporada. Vale que tengas que hacer frente a Real Madrid, Atlético, Manchester United o Liverpool, pero parece demasiado tener que superar también a los tuyos. Así es imposible.

lunes, 28 de enero de 2019

No es tan fácil

Sales de la estación de Metro Estadio Metropolitano y la sensación es que ya no estás en Madrid. Esa gran extensión de terreno sin edificar, en la que actualmente se está trabajando para dotar de nuevos accesos y plazas de parking al feudo rojiblanco, transmite una tremenda frialdad. Al avanzar unos metros y descubrir a tu derecha ese imponente estadio se confirma la sensación. Una gigantesca bandera con los colores y el escudo del equipo trata de aportar algo de calidez, pero no sé yo si lo consigue.

La fachada principal del Wanda Metropolitano, junto a esa bandera, parece más bien la de un hospital. Uno espera que en cualquier momento un familiar de algún paciente asome de uno de esos huecos para tomar el aire o disfrutar de las vistas. No tiene ningún atractivo el estadio por fuera. Todo de hormigón visto, pero con la impresionante cubierta que asoma de vez en cuando por arriba, la cual te da una idea de la inmensidad del lugar. Esa sobriedad se traslada también a los aledaños, donde casi lo único que hay son metros y metros libres para el trasiego de la multitud, sin apenas puntos de sombra o donde sentarse. Menos mal que era 26 de Enero y no de Agosto. Abundan, eso sí, los puestos de souvenirs y comida rápida, y detrás de uno de los fondos se observan dos castillos hinchables para niños y una carpa en la que suena "Mi gran noche" de Raphael. Está prácticamente vacía, claro. Aquello parece una Comunión de pueblo en los 70.

A poco más de una hora antes del inicio del partido se abren las puertas y, cómo no, entramos enseguida. En pocos segundos estamos ya en la grada, y sorprende viendo lo espacioso de pasillos y zonas interiores. Los castillos hinchables y la carpa podrían haber cabido allí dentro. Pero lo más llamativo es que los de los anillos superiores también llegarán rápido, ya que las escaleras son exteriores, muy anchas e independientes entre gradas, lo que evita tapones y largas colas al entrar y salir. También es austero el acabado interior, con paramentos de hormigón y suelos fratasados. Seguridad y funcionalidad ante todo. La buena impresión se culmina al ver el interior del coliseo. Los miles de asientos rojos se alternan con numerosos y anchos pasillos, todo distribuido en tres anillos sólo interrumpidos por la fila de palcos privados, que casi da la vuelta completa al estadio. También los hay en dos de los córners, junto a sendas pantallas enormes donde el público disfrutará de las repeticiones. Hay una tercera en el lateral frente a tribuna. No se echa nada en falta para disfrutar del espectáculo, tanto si eres un simple aficionado como uno de los afortunados invitados. Ahora sí estamos en el siglo XXI. Pero la joya de la corona es esa espectacular cubierta retráctil y ondulada. Una estructura metálica de gran belleza por sus dimensiones, diseño y continuidad, que nos cuentan que aún gana mucho más de noche, encendida. Mientras los jugadores calientan sobre el césped los 68.000 asientos se van poco a poco ocupando, y minutos antes del inicio se anuncian los nombres de los protagonistas. La megafonía transmite dos cosas: la tremenda sonoridad del estadio y quién es el verdadero ídolo allí, escuchando la ovación tras anunciar el nombre de Diego Pablo Simeone. El Atlético empieza dominando en el juego, porque no podría ser de otra forma en ese escenario y porque este Atleti ya no es el de antaño. Los Gabi, Mario Suárez o Raúl García han dejado paso a Rodri, Thomas o Lemar, y eso se nota, sobre todo con el balón en los pies. Nadie se acordó de Koke en la primera parte. Eso sí, nada sería posible sin Griezmann. Es difícil ser más decisivo tocando tan pocos balones, aunque en esta ocasión tenía su motivo: su presencia era más necesaria que nunca arriba, viendo la indolencia de Kalinic. Pase interior de Thomas, latigazo desde la frontal al palo corto y a otra cosa. El Getafe apenas podía salir de su campo, y minutos después llegó el segundo. Otro gran pase de Thomas, el mejor el Sábado junto a Rodri, habilitaba a Lucas Hernández para que este centrara cómodamente al corazón del área, dónde Saúl aprovechó el rechace a tiro de Kalinic. No sé si habrá cosa más difícil en este mundo que levantarle un 2-0 al Atlético de Madrid, y su afición parece también tenerlo claro: la segunda parte quedaba para otros quehaceres.

El que diga que lo único que interesa en los eventos deportivos es el propio juego miente. Como cualquier concentración con miles de personas allí había mucho más de lo que estar pendiente. Y es que hubo un momento en que los gritos de ánimo hacia el equipo dieron paso a una especie de diálogo entre El Frente y el resto de aficionados. No sé como rugiría el Calderón, pero el Wanda también suena y mucho. Esa cubierta también tiene mucho que ver en eso. Mientras los clásicos cánticos eran secundados por la multitud, la armonía se rompió de repente: "Menos Morata, y más Borja Garcés", se les ocurrió gritar a los ultras, posicionándose claramente a favor de los canteranos y en contra del ex-madridista, recién fichado del Chelsea. A la tercera ya el resto de la grada se percató y empezaron los pitos como respuesta. Los de El Frente, viendo su protagonismo, se envalentonaron y repitieron la consigna varias veces más. Era una situación muy curiosa, con una parte de la afición reprochándole a otra, casi regañándole como hace un padre a su hijo. Y la razón siempre la suelen tener los padres (o la mayoría, según se mire). Decir que Morata no puede fichar por el Atlético sólo por haber jugado en el Madrid es no saber de qué va esto. La vida no es tan fácil, tan simple. Si lo fuera, el Barça ganaría la Champions automáticamente si decide tirar la Copa. Uno estaría legitimado para autoproclamarse presidente del gobierno en Venezuela si no le gusta el que hay. O el Atleti seguiría jugando en el estadio Vicente Calderón.


martes, 11 de diciembre de 2018

Bendita excepción

Que el partido decisivo de la Copa Libertadores, el torneo de clubes más importante de Sudamérica ("la Champions americana", como dicen otros) se dispute en Europa es algo raro. Muy raro. También parecían sentirlo así los miles de argentinos que llenaron el Santiago Bernabeu. En varias ocasiones la realización los buscó y, lejos de encontrar esa pasión y locura desmedida que esperaba, mostró a una multitud tranquila, pasiva y casi desconcertada, como preguntándose qué hacían allí viendo un River-Boca. Uno creía por momentos que aquello en realidad era un Real Madrid-Levante.

Y es que lo más destacable del Domingo fue el impecable comportamiento de ambas aficiones, tanto en los días previos como durante el encuentro y horas posteriores. Sin duda el mérito es todo de ellos, los argentinos, pero el buen hacer de las autoridades también suma... y más teniendo en mente lo ocurrido en Buenos Aires hace dos semanas. Aquella fatídica curva sin apenas protección policial cuando pasó el autobús de Boca, las batallas campales que se vivieron afuera del Monumental o las presiones por jugar de la CONMEBOL con varios jugadores heridos dieron paso a controles en Barajas para evitar que se colaran los barras bravas, unos 5.000 efectivos entre fuerzas de seguridad y personal sanitario y una organización que permitió la entrada y salida del estadio a ambas aficiones sin ningún altercado. Una final de Libertadores en Europa es y siempre deberá ser una excepción. Si además tanto aficionados como autoridades argentinas lo toman como un ejemplo, comprobando cómo se pueden disputar encuentros con ambas aficiones en un estadio (sin alambradas ni fosos, por cierto) sin ningún problema, habrá sido una victoria completa.

El primer triunfo ya se logró: que el partido que parecía imposible de jugar se terminara jugando. Porque de todo este lío el que menos culpa tiene es el fútbol. El encuentro terminó resultando como muchos esperaban: mucha emoción pero poco juego. No sé si existe en el mundo un partido con más miedo a perder que un Boca-River en final de Libertadores, y así lo pareció tras los primeros 45 minutos. El corto y rápido césped del Bernabéu (como de cualquier estadio español y europeo) tampoco ayudaba a los 22 protagonistas, tan acostumbrados a otros más altos y secos por Latinoamérica. Cuando no era un error en el control del balón era un pase defectuoso y cuando no unas posesiones más que lentas por miedo a la pérdida. En esas transcurría el partido, sin apenas ocasiones y con muchas interrupciones en el juego, por lo que Boca sonreía y River no tanto. Al filo del descanso Darío Benedetto cazó una contra y, tras deshacerse de la despistada defensa rival, situaba el 0-1 para agudizar aún más ambas sensaciones.

La obligación de buscar el gol del empate hizo despertar a River a la reanudación, olvidarse del miedo que lo atenazaba y sacar a relucir su mejor virtud: la calidad de sus centrocampistas. "Ojala nos hubiesen marcado antes", pensarían los hinchas millonarios. Con más determinación y precisión en los pases, el peligro rondaba la portería de Esteban Andrada, mientras los suyos notaban cada vez más el desgaste físico. La entrada del talentoso Juan Fernando Quintero por un gris Ponzio fue también decisiva para los riverplatenses. A mediados de la segunda parte también el 9 de River, Lucas Pratto, encontraba la red tras una excelente combinación y lograba un empate que se veía venir. Curiosamente el tanto volvió a atemorizar a los de Gallardo, que volvieron a especular con su juego, conscientes de la posibilidad de una prórroga. Entre un River que no quería y un Boca que no podía se cumplió el tiempo reglamentario casi sin noticias en las áreas. Ya en la prórroga y con 30 minutos por delante, River volvió a la carga, conscientes de su mayor talento y mejor condición física. La pronta expulsión de Wilmar Barrios por una absurda doble amarilla fue otra piedra más en el camino para los boquenses, esta ya decisiva. Con un Ábila renqueante y unos Pavón y Nández fundidos, la papeleta de frenar a los Álvarez, Quintero, Enzo Perez, Nacho Fernández o Pity Martínez recaía sólo en los recién ingresados Jara y Gago. Misión imposible parecía. Fue al colombiano Quintero al que le tocó "el gordo" (haciendo honor a su apodo), quien con un zurdazo a la escuadra culminaba la remontada y también su memorable actuación. Boca, jugando ya con 9 tras la lesión de Gago y con Andrada como otro delantero más, tuvo aún así la última con un remate de Jara al poste, pero sería "el Pity" el que cerraría el marcador ya con el tiempo cumplido y a puerta vacía.

120 minutos terminó durando el partido de vuelta de una final que duró un mes entero, siendo River a la postre el que tocaría la gloria americana por cuarta vez en su historia, la segunda en cuatro años. Mucho le costará a Boca y los suyos recuperarse de semejante mazazo contra su eterno rival, más doloroso aún por todo lo que pasó, aunque aún pueden decir que tienen dos Libertadores más. Tras lo del Monumental, seguramente no había una buena salida a todo esto, pero quizás esta era la menos mala. Un castigo, una lección o un fracaso para la sociedad argentina, según como se mire, pero una excepción en definitiva. Al final viendo el comportamiento de las aficiones, la deportividad de los protagonistas y la fiesta que se vivió el pasado Domingo en Madrid, uno diría que bendita excepción.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Hazlo con pasión

Ya sea en el ámbito laboral, familiar o personal, y tenga mayor o menor transcendencia, hacer las cosas con pasión es lo fundamental. Es la única manera de que el día a día se convierta en un regalo y no en una losa. En América Latina parecen tenerlo claro. En una región con tantísimos problemas sociales, con gobiernos impregnados de corrupción, un crecimiento económico totalmente estancado tras la década dorada de los 2000 y una sociedad desconcertada que empieza a abrazar las opciones más populistas y ultras (véase el reciente caso de Brasil) es asombroso observar cómo la gente sonríe, cómo se emociona y es feliz en multitud de situaciones.

El fútbol es sin duda una de ellas, quizás el mejor anestésico para los argentinos. Con un significativo repunte de la pobreza (del 27% el pasado año), una inflación superior al 40% y una depreciación del peso cercana al 50%, al gigante sudamericano se le vuelven a aparecer fantasmas pasados. Pero el Sábado todo quedaba en un segundo plano. Si existe una ciudad en el mundo que respire fútbol en cada rincón esa es Buenos Aires. Qué mejor escenario para la primera final de la Copa Libertadores entre dos vecinos, y casualmente también la última con formato de partido ida y vuelta. No se hablará por tanto allá de otra cosa en estos quince días existentes entre el choque de la Bombonera y el del Monumental. Muchas voces ya hablan del duelo de clubes más importante de la Historia. Es tanta la pasión que, nada más anunciar por megafonía la suspensión del encuentro por las torrenciales lluvias, los miles de hinchas ya presentes en la cancha de Boca empezaron a cantar, a alentar a los suyos, a intimidar al rival. Ni el tupido manto de agua que caía los consiguió silenciar.

Ayer Domingo en cambio todo lucía perfecto. El drenaje hizo su función, la lluvia amainó y no existía motivo que pudiese estropear el espectáculo. Ambos equipos salieron a tope, quizás contagiados por el tremendo ambiente de las gradas, quizás mentalizados de la importancia y transcendencia de la cita. Fieles a sus estilos, era River el que más control de juego tenía, comandados por la exquisita zurda de "Piti" Martínez, pero Boca recuperaba balones con su energía una y otra vez, lanzaba rápido las contras y pisaba el área de Armani con peligro. En una de ellas Ábila abría el marcador tras un errático despeje del arquero de River y La Bombonera se venía abajo. Apenas unos segundos duró la euforia local, pues nada más sacar Martínez filtraba su enésimo balón entre la defensa "xeneize" y Pratto ponía las tablas. Hace quince años Argentina crecía a tasas superiores al 8% anual y las figuras de River y Boca eran Demichelis, Mascherano, D'Alessandro, Marcelo Salas, Burdisso, Riquelme o Tévez. Pero ahora estamos en 2018 y los goles en la Libertadores los marcan "Wanchope" y "El Oso", dos delanteros centros a la vieja usanza que pelearían por conseguir minutos en la segunda división española. De ese minuto salvaje volvieron a salir mejor los "millonarios". El joven portero local, Agustín Rossi, protagonizaba el mejor partido de su corta carrera, aunque sus compañeros aún seguían saliendo con peligro al contragolpe, siempre con exceso de corazón y falta de cabeza. Fue, cómo no, Darío Benedetto (doblete crucial en la ida de las "semis" ante Palmeiras y que había sustituido al lesionado Pavón minutos antes) quién volvía a adelantar a Boca con un cabezazo a lanzamiento de falta. Llegó de repente el descanso y uno, casi sudando, se preguntaba cómo puede ser tan emocionante algo con tan pocos mimbres. Pero esto es Latinoamérica.

La euforia del tanto pareció prolongarse en el segundo tiempo, al cual los locales entraron mejor, teniendo ahora la presencia en campo contrario que les había faltado. Pero Matías Biscay, el ayudante del sancionado Marcelo Gallardo, pronto se percató y pasó de cinco a cuatro defensas con la entrada de Nacho Fernández, recuperando así el control del mediocampo. El cambio dio sus frutos y, junto con el empate casi a continuación en propia puerta por parte de Izquierdoz, el dominio volvió a ser visitante. Ahora Boca ya no mordía tanto, quizás por cansancio o quizás pensando en el partido de vuelta, y el encuentro entró en una frase más pausada y táctica. Los espectadores también lo agradecimos. Que una leyenda como Tévez esté para veinte minutos en este equipo da una idea de lo ya pasado de vuelta que está, pero en citas así te da un plus. Eso fue lo que le dio Barros Schelotto ayer y eso fue lo que ofreció "el apache". Animados por su emblema, los locales protagonizaron un último "arreón" final. Lo pudo coronar de nuevo Benedetto en un mano a mano con Armani, pero ahora el internacional argentino enmendó su error del 1-0 y evitó que se alterara el 2-2 del marcador.

Todo abierto por tanto para la vuelta, con ligero favoritismo para River por aquello del factor cancha y la posibilidad de disputar los 30 minutos de la prórroga ante los suyos, aunque aquí el gol visitante no tiene valor doble, aspecto a considerar. Tras el pitido final, la arenga de Tévez a los suyos y el eufórico saludo de Gallardo a los hinchas que esperaban en las afueras de las instalaciones "millonarias" dan una idea de lo que es el fútbol argentino, el latinoamericano por extensión. No sabemos quién tocará la gloria el próximo Sábado 24 en el Monumental, pero sí tenemos claro el cómo. Con mucha pasión.


domingo, 30 de septiembre de 2018

De aquí a la eternidad

José Luis Arrieta le avisa por radio de que acaba de caer una moto en una curva, que vaya con mucho cuidado. La carretera mojada de Düsseldorf, que acoge la contrarreloj de 14 km. que inaugura el Tour 2017, es una auténtica pista de patinaje. Sin embargo, ni eso asusta a Valverde, que cree que no habrá problema en entrar a la fatídica curva sin frenar, sólo dejando de pedalear. El agua, la suciedad del asfalto, el aceite que dejó la moto y quizás esa falta de precaución ayudan a que se produzca la desgracia. El murciano se pega un tremendo trompazo contra la valla que le parte la rótula izquierda en dos, además de otras facturas y heridas. "Me miro la rodilla y me digo a mí mismo: la carrera deportiva se ha acabado", recuerda el propio Alejandro en una fantástica entrevista para El Periódico (ver enlace al final del artículo) en el pasado mes de Marzo. Esa misma noche lo operan en Alemania y le esperan duros meses de recuperación. Con 37 años cumplidos, efectivamente muchos se temen que el final está cerca.

Poco más de un año después el de Movistar se presenta al campeonato del mundo de Innsbruck (Austria) como líder indiscutible de la selección española y en un excelente momento de forma. Increíble. Sólo a la altura de unos pocos elegidos. Gran parte de la jornada la protagoniza una escapada de once corredores, inicialmente, que incluso rozan los 20 minutos de ventaja con el pelotón. Pero poco a poco, y con más intensidad a partir del ecuador de los casi 270 km de recorrido, las selecciones más potentes aumentan el paso para dar caza a los fugados. El ritmo es tal que llegan a recortar 2,5 minutos por vuelta, de 27 km. cada una. Son Eslovenia, Gran Bretaña, Países Bajos y España las que más interesadas se les ve. Los nuestros, muy atentos en todo momento, tratan de estar presentes en cada corte con dos objetivos: tener presencia entre los primeros en una carrera tan difícil de controlar y evitar que se quede descolgado Valverde, la gran baza. Castroviejo, Nieve, de la Cruz y Mas arropandole en el grupo, y Herrada, Fraile e Izaguirre saliendo a cada ataque. El  trabajo da sus frutos: no se producen cortes peligrosos y los acelerones van acercando a los favoritos al grupo de cabeza. El campeón de los últimos tres años, el genial Peter Sagan, ya hace rato que se descolgó, y ahora es otro "gallo", Nibali, al que curiosamente le pasa factura el arreón de sus compatriotas buscando endurecer el tramo final, ideal para escaladores como él. Pero serán los franceses los que romperán la carrera. Pinot, Bardet i Alaphilippe muestran su poderío justo antes del tremendo muro final: 2,8 km al 11% de media, con picos del 28%. Parece ser "el momento" de la carrera, y ahí está Valverde para coger la rueda de los tres, demostrando lo fuerte que llega a este Mundial y su innata intuición. Con ellos se van también el italiano Moscon y el canadiense Wood. Es al poco de iniciar la ascensión donde se produce lo inesperado: el infernal ritmo de Bardet ha rebentado a su compañero Alaphilippe, gran favorito para esta edición. Francés, canadiense y español coronan arriba, a unos 8 km para la meta, pero un peligro acecha a pocos metros: Tom Dumoulin se retuerce sobre la bicicleta en las últimas rampas de esta infernal ascensión. Como era de preveer, el neerlandés tira de su poderoso pedaleo y acaba enlazando con el trío en la bajada. Pero esto ya parece tener dueño. Ni presión por los 38 años, ni por las 6 medallas entre platas y bronces que llevaba, ni nada. Como si de una carrera de juveniles se tratara, Alejandro comanda el último kilómetro midiendo la distancia, girándose varias veces para controlar la situación, y a 300 metros lanza un demoledor sprint hacia la gloria. Trata Bardet de meter rueda pero es un quiero y no puedo, pues el murciano cruza la línea de meta sacándole una bicicleta a sus rivales. Sus lágrimas justo al terminar y en lo más alto del podio son las nuestras viéndolo por televisión. Tras tantas veces rozándolo, y con el añadido de hacerlo tras aquella desgracia en Düsseldorf, por fin el próximo año uno de los más grandes que ha dado este deporte, uno de los nuestros, lucirá ese tan ansiado maillot arcoiris. Hoy el ciclismo sí hizo justicia.

Él dice que irá a Tokio 2020 y que luego ya se verá. Tendrá entonces 40 años, una locura para un ciclista profesional, pero conociendo al personaje ya nadie se atreve a ponerle límites. Ojala sea alguno más, por el bien suyo, de nosotros los espectadores y de todo el mundo del ciclismo en general, aunque en realidad poco importará: su recuerdo quedará para siempre en nuestra memoria.


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