"Si el deporte no existiera, el mundo sería más aburrido". Valentino Rossi.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Un Dios excesivo

60 años cumplió Diego Armando Maradona hace unos días pero viendo los acontecimientos que vivió uno diría que fueron 600. Aquel niño nacido en Villa Fiorito, un humilde barrio del extrarradio de Buenos Aires, soñó con jugar y ganar un Mundial, deslumbró ya al mundo en Argentinos Juniors, se confirmó en Boca, fue el traspaso más caro del mundo al llegar a Barcelona, situó a Nápoles en el mapa futbolístico con dos scudettos y una Copa de la Uefa, y coronó su reinado con el título mundial de Mexico '86 para volver a acariciarlo con otra final en Italia '90. Pero también dirigió a su país en Sudáfrica 2010, a varios equipos de la liga local y en exóticas experiencias en Emiratos Árabes Unidos y México. Todo ello salpicado por un nivel de vida de locura, con fiestas interminables y adicciones recurrentes a la cocaína o el alcohol, así como numerosos problemas de salud. También varios positivos por doping que ensombrecieron su última etapa como futbolista. Toda una vida de excesos llevada al límite en varias ocasiones, la (pen)última hace tan sólo unos días.

El pasado Lunes 2 de noviembre, sólo tres días después de su aniversario, Maradona era internado en la clínica Ipensa de La Plata. Una noticia que rápidamente se extendió por el mundo pero que no pareció sorprender a nadie teniendo en cuenta su historial, aunque más preocupante esta vez por su deteriorada salud. Lo que en un principio era descrito como poco más que un chequeo rutinario por su entorno se terminó tratando de una internación por importantes desequilibrios en su organismo, con deshidratación y anemia a causa de la combinación entre una pésima alimentación, el continuado consumo de alcohol y un sinfín de medicamentos. El primer parte médico, comunicado la mañana siguiente por su médico personal, Leopoldo López, era tranquilizador: Diego había sido estabilizado y sus valores volvían a la normalidad. Sin embargo, a media tarde se conocía una nueva complicación: la última resonancia mostraba un hematoma subdural en la zona izquierda de su cabeza que debía ser reducido de manera urgente. El 10 era trasladado de inmediato en ambulancia a la clínica Olivos de Buenos Aires, un trayecto alentado desde su salida de La Plata por los fans que aguardaban en los exteriores de la clínica y que fue retransmitido en directo por la televisión argentina. En Olivos fue intervenido esa misma noche por su doctor y un grupo de cirujanos especializados, y fue el propio Luque el que casi de madrugada informaba del éxito de la operación. El doctor se convirtió en portavoz los días siguientes, transmitiendo un mensaje tranquilizador sobre la excelente respuesta de Maradona a la intervención. Sin embargo, y de forma paralela, multitud de informaciones se daban a conocer por los medios de comunicación. La internación del 10 no fue ni mucho menos de mutuo acuerdo como se quiso dar a entender, sino tras una fuerte discusión con Luque que al final consiguió convencer a él y a su entorno. Un entorno que no parece haber sido el más idóneo los últimos tiempos. Desde su nombramiento como técnico de Gimnasia y Esgrima de la Plata hace poco más de un año, el astro argentino se instaló en una casa a las afueras de la ciudad junto con una serie de asistentes con dudosas intenciones. Las propias hijas de Diego, Dalma y Gianinna, incluso denunciaron durante esos días la dificultad de acceder a su padre los últimos años, calificando de "chupasangres" a la gente de su alrededor. También excompañeros en la selección como Ruggeri y el Negro Enriquez relataban la imposibilidad de poder verse o hablar con su amigo desde tiempo atrás. Y varios periodistas anticipaban que el siguiente paso iba a ser una rehabilitación a medio plazo de su adicción al alcohol, un hecho que Luque nunca confirmó. Y mientras todo ello ocurría, en el perfil de Instagram oficial del 10 se anunciaban unos nuevos cigarrillos a su nombre. 

Con todo, el mundo seguirá expectante a toda noticia que llegue de Maradona, ahora ya no provenientes de los campos de fútbol sino de clínicas y hospitales. Hasta que llegue su próxima internación, habrá que ver cómo se desarrolla esta nueva etapa en su vida, ojala rodeado más de los suyos que de los oportunistas de turno. Las decenas de periodistas que ya montan guardia en los exteriores de la exclusiva urbanización del barrio de Tigre donde se estableció el pasado Jueves, muy cercano al domicilio de su hija Gianinna, nos informarán al detalle de su evolución. Y si no son ellos, serán los drones con cámaras que ya sobrevuelan el lugar grabando y tomando fotografías, un hecho denunciado estos días por su abogado. Una vida en la que la palabra normalidad no parece tener cabida. Una vida imposible para la mayoría de los mortales, pero tan sólo excesiva para un Dios como él.

Un aficionado con el nombre y número de Maradona tatuado espera noticias a las puertas de la Clínica Olivos en Buenos Aires. Foto: EFE

domingo, 20 de septiembre de 2020

Ser feliz

Messi en su primera visita al Camp Nou, en el año 2000. 
Foto: Diario La Nación.

El pasado Jueves se cumplieron 20 años de la primera vez que Leo Messi pisó Barcelona. Llegó con sólo 13 años junto con su padre Jorge en busca de lo que en su Argentina natal no había podido encontrar: un club que se hiciera cargo del costoso tratamiento médico que su cuerpo requería y que a su vez le posibilitara seguir persiguiendo su sueño de convertirse en futbolista profesional. Tras las dudas iniciales, la entidad culé le acabó dando tal oportunidad y el resto ya es historia. Dos décadas después Leo, ya convertido en estrella mundial, se plantea por primera vez dejar Barcelona y seguir con su carrera en otro lugar por los mismos motivos por los que vino: tratar de ser feliz.

No sé si existirá en el mundo una ciudad más futbolera que Rosario. Fue allí, en la capital de la provincia de Santa Fe, y en uno de sus barrios más humildes, donde Leo descubrió su pasión por la pelota y comenzó a forjar su talento como buen "potrero". Nada extraño viendo los ilustres nombres que de allí han salido: Menotti, Valdano, Bielsa, Batistuta, Mascherano, Di Maria o Banega entre muchos otros. Fue Newell's Old Boys el club que le posibilitó jugar sus primeros partidos y donde comenzó a despuntar como el que más. Sin embargo, a los 13 años le llegó la primera piedra en el camino: los problemas económicos de la familia les impedían seguir asumiendo las costosas inyecciones de hormonas de crecimiento que el pequeño Leo necesitaba para un normal desarrollo de su cuerpo. Newell's se negó a pagarlo, y tampoco lo hizo River Plate, que a pesar de quedar asombrados tras la prueba que le hicieron consideraron demasiado riesgo asumir un coste tan elevado por un chico tan joven. Agentes intermediarios le hablaron a Josep Maria Minguella de un chico fuera de lo común, y este le consiguió una prueba en las instalaciones del Barça, ante la negativa del entonces directivo Carles Rexach de viajar hasta Argentina sólo para verlo. A Charly le bastaron sólo unos minutos para darse cuenta de que había que fichar a aquel chico. No lo tenían tan claro gran parte de la directiva, tanto por el coste de aquel tratamiento como por el del puesto de trabajo que había que buscar en el club al padre, el otro requisito para el fichaje. Tras unas semanas de dudas en las que a punto estuvo Jorge de tirar la toalla y volverse a Argentina, la insistencia de Rexach terminó siendo decisiva. Eran finales del 2000, con el club en uno de sus peores momentos de su historia, y pocos se podrían imaginar lo que aquel chaval iba a representar en el nuevo siglo.

Veinte años en los que Messi, junto con otros nombres ilustres como Laporta, Ronaldinho, Guardiola, Puyol, Xavi, Iniesta o Luis Enrique situaron al Barça como referente mundial, y consiguieron decenas de títulos. Dos décadas de felicidad casi ininterrumpida para todos: club, aficionados y claro, también para Leo. Pero este verano, a los 33 años y en plena madurez deportiva, Messi quiere por primera vez irse de Barcelona. Quiere irse de un club cuya directiva ha malgastado casi 1.000 millones de euros en fichajes ruinosos los últimos años, que no supo encontrar un entrenador de nivel tras Luis Enrique, que contrató a una empresa para espiar a jugadores y sus entornos, a otra para desprestigiarles en redes sociales, que no tiene dinero ni para pagar los desayunos en el club de los chavales de la cantera o que despiden de malas maneras con una llamada de un minuto y medio a uno de los máximos goleadores históricos del club como Luis Suarez, además íntimo amigo suyo. A quién se le ocurre irse de un club así. De verdad, no hay quien lo entienda. Lo que sí se entiende es que esa frase de "el dinero no da la felicidad" es muy cierta. Al menos no toda. Su sueldo anual de unos 50 millones limpios por temporada muy pocos clubes se lo pueden ofrecer, por no decir ninguno de primer nivel europeo. Además, su mujer e hijos se sienten plenamente integrados en la ciudad y en la sociedad catalana, y no hay duda de que será allí donde fijará su residencia una vez retirado del fútbol. Pero el hambre por seguir ganando puede más que todo eso en esta última fase de su carrera. A Leo se le está acabando el tiempo, y viendo el panorama que hay en Barcelona duda y mucho de que allí lo pueda conseguir. Es sobre todo su gran obsesión la Champions League, que no levanta desde 2015 y en la que ha vivido los últimos tres años tres auténticas pesadillas que seguro aún andan revoloteando por su cabeza: Roma, Liverpool y Lisboa. 

Hay quién le acusa de que su figura, sin duda la más importante en la historia del club, no puede abandonar el barco en este momento, que debe quedarse y apechugar con todo, pensar en el bien del club. Sin embargo, Leo ha tomado la otra dirección, tan egoísta como humanamente entendible: ser feliz. Su contrato ha evitado su marcha este verano, pero de cómo transcurra la temporada, de las sensaciones que perciba a futuro, y sobre todo del proyecto que le presente la nueva directiva entrante en 2021 dependerá su decisión de en qué lugar quiere seguir buscando la felicidad. Ojala siga siendo Barcelona, sin duda su lugar en el mundo.

sábado, 15 de agosto de 2020

Hacerlo peor

Quique Setién, Eder Saraba y el resto de su cuerpo técnico se sacaban una foto, sonrientes, en el centro del campo del Estádio Da Luz de Lisboa durante la previa del Bayern-Barça de cuartos de final de la Champions. "Inmortalicemos esto, que no sabemos si nos volveremos a ver en una cita semejante", debieron pensar. Da una idea de lo grande que les venía la cosa. Y no parecía ser buen augurio para un partido donde, una vez más, el único argumento para soñar en pasar de ronda de técnicos, directiva y aficionados volvía a ser el de los últimos años: Leo Messi. Pero los milagros son tan maravillosos porque ocurren muy de tanto en tanto. Eso es lo que tienen.

Si siempre dependes de milagros, de que te salve Messi, es que no haces bien tu trabajo. La realidad es que las decisiones tomadas por Josep Maria Bartomeu y su junta directiva durante los últimos tres años son una sucesión de despropósitos. Porque el verano de 2017 fue un punto de inflexión. La salida de Neymar rumbo a París, tras pago de la cláusula pero en unas circunstancias extrañas que algún día conoceremos, fue un golpe muy duro para vestuario y directiva. Los casi 250 millones se malgastaron en posiblemente las dos mayores decepciones de la historia del club: Coutinho y Dembelé. Tampoco se acertó en el sucesor de Luis Enrique, el último entrenador con la personalidad y el nivel suficientes para conducir un barco de tal magnitud, un auténtico Titanic para otros de perfil medio como Valverde y Setién. Un sinfín de fichajes erróneos (casi únicamente podríamos salvar a Frenkie De Jong) junto con renovaciones desorbitadas (tanto en salarios como en duración) han dejado una plantilla que podríamos resumir en: veteranos ya de más a menos, medianías y Messi. Ah, y la caja vacía. Los últimos coletazos de esas vacas sagradas (que malas no son) junto con las exhibiciones de Leo consiguieron salvar dos ligas en este periodo de decadencia. Algo asombroso si te paras a pensar. Pero Europa siempre te pone en tu lugar, y si no que se lo pregunten a Rajoy o Sánchez. El año pasado a punto estuvo de culminarse uno de los mayores milagros de la historia de la Champions, con un Messi desbocado que con tres dobletes en octavos, cuartos y semis ante Lyon, Manchester y Liverpool casi planta en la final a un equipo mediocre táctica y físicamente. Pero la empanada general de Anfield lo frustró.

Lo de anoche (el teclado del portátil no me deja escribir el resultado) fue la mayor derrota europea en la historia del club, y como tal, no se salvó nadie. Empezando por los dos pilares sobre los que se debería reconstruir a futuro: Messi, al que su dudosa fortaleza mental le impide rebelarse a menudo ante situaciones colectivas dramáticas, y Ter Stegen, que ayer pareció más Busquets. El padre. Siguiendo por la columna vertebral, esos veteranos de los que hablábamos. Piqué, Alba y Busquets sufrieron como nunca, aunque deberían estar en edad y condiciones aún (creo) de que llegue un nuevo líder que les vuelva a motivar, y de paso a entrenar. Pero las sinceras declaraciones del central al final del partido y las del mediocentro hace un par de años, donde afirmó que no se veía jugando mucho más allá de los "treinta y pocos", dejan muchas dudas sobre ello. Y el ciclo de Suárez ya acabó. Anoche volvió a demostrar que ese olfato nunca lo perderá (es muy probable que ya jubilado, en algún casoplón de Castelldefels o Montevideo con los nietos revoloteando por allí, siga metiendo goles) pero el club necesita como el comer un par de delanteros trabajadores y móviles que acompañen a Leo. Ansu Fati será uno y habrá que fichar a otro. De Griezmann (otros 120 millones más) mejor ni hablar. Nombres con potencial y juventud como De Jong y Semedo tampoco ayer se salvaron, el holandés además totalmente superado por un exbarcelonista como Thiago, lo que aún duele más. Y los Lenglet, Sergi Roberto o Arturo Vidal (a los que podríamos sumar Todibo, Umtiti, Rafinha, Rakitic, Dembelé y Braithwaite) son medianías que no dan la talla. Pero claro, uno no tiene culpa de no dar el nivel. El máximo responsable es el que lo elige para un puesto determinado, ya sea para el campo o para el banquillo.

Lo de anoche debería ser un punto de inflexión en la historia del club. Un detonante que provocara una renovación total en la entidad. Nueva directiva, cuerpo técnico y grueso de la plantilla para devolver la ilusión a los culés. Pero decimos "debería ser" porque no está nada claro que Bartomeu dimita de inmediato y convoque elecciones cuanto antes. Lo suyo hubiera sido convocarlas ya justo cuando el fichaje más caro de la historia del club (al que tienes cedido y le pagas parte de la ficha) te mete un gol en el partido más humillante de tu historia. No se convocaron y le dio tiempo a meter otro. Sería eso, el anuncio de nuevas elecciones ya, al menos un gesto de barcelonismo y responsabilidad: no dejar otra hipoteca al club iniciando otro proyecto que posiblemente dentro de 10 meses habrá que demoler. De todas formas, ya no creo que se pueda hacer peor. Sólo se me ocurre, no sé, que firmasen a un antibarcelonista como próximo entrenador para el verano que viene tener que pagarle el finiquito. Eso ya sería la bomba.


domingo, 29 de septiembre de 2019

¿El mejor equipo que el dinero puede comprar?

Fuente: https://www.instagram.com/dazn_es/ 

Comenzó ya la Liga Endesa, y en unos días arranca la Euroliga. A los ya tradicionales favoritos a todo (Real Madrid, CSKA, Fenerbahçe o Panathinaikos) se le suma este año otro que llevaba ya demasiados dormido. El FC Barcelona ha realizado este verano quizás la mayor apuesta por la sección de baloncesto en su historia. Desde 2014 sin reinar en España y desde 2010 en Europa, la directiva de Bartomeu (¿influenciados quizás por las elecciones de 2021?) ha decidido, por fin ya, ponerle remedio. Tras unos últimos años con un presupuesto entre 25-30 millones de €, se habla de que el de este año se irá hasta los 40. Sin embargo, en este lado del Atlántico aún carecemos de la transparencia económica de la NBA, así que quién sabe. Lo que está claro es que la inversión en el baloncesto este año se ha incrementado considerablemente.

El otro día Antoni Daimiel (sobran presentaciones), mientras en uno de los maravillosos episodios de Colgados del Aro (YouTube) debatían sobre esta gran plantilla, recuperó aquella mítica frase que Phil Jackson pronunció allá por 1999, refiriéndose al ramillete de estrellas que los Portland Trail Blazers por entonces acababan de reunir: "el mejor equipo que el dinero puede comprar", dijo el técnico de los Lakers en aquel momento. El comentario me puso algo nostálgico (no precisamente por aquellos Blazers sino por aquellos Montes y Daimiel), y me propuse volver a ver algún partido de aquel equipo. Curiosamente, parece establecerse un gran paralelismo con este Barcelona.

Estadísticas de los jugadores de Portland Trail Blazers en la temporada 1999-2000. Fuente: www.hispanosnba.com.

Ya desde las primeras semanas de competición aquella genial pareja narrador-comentarista que nos contaba la NBA por Canal+ alertaban de los posibles puntos débiles de los de Oregon. Aunque compartían la visión de Jackson o del entonces blazer Scottie Pippen ("es una de las mejores plantillas de todos los tiempos", llegó a decir), transmitían sus dudas sobre la dirección del equipo. Daimiel destacaba la "socialización" absoluta en cuanto a reparto de minutos que aplicaba Mike Dunleavy, transformando a una estrella de la liga como el propio Pippen "en uno más", decía Antoni. La enorme profundidad de la plantilla llevó al técnico neoyorkino a repartir rigurosamente el tiempo de juego. Con un quinteto inicial de ensueño formado por Stoudamire, Smith, Pippen, Wallace y Sabonis (con un salario conjunto de 53 millones de $, más que muchas plantillas completas) la segunda unidad era casi tan potente con nombres como Anthony, Wells, Schrempf, Grant o Jermaine O'Neal. Dunleavy optó por la solución más fácil, queriendo contentar a todos, pero quizás no optimizando al máximo tanto talento. Era Montes sobretodo el que más se sorprendía. No podía entender cómo Damon Stoudamire no gozaba de más minutos, quedándose incluso en el banquillo en los tramos decisivos de los partidos, en detrimento de un base como Gregg Anthony más "ordenado" pero de mucha menor calidad. Andrés ya en Noviembre sospechaba que aquel equipo le venía grande a Dunleavy: "¿qué haría Portland con Phil Jackson o Pat Riley sentado en el banquillo?", se preguntaba. "Pues ganar la NBA", contestó tranquilamente Daimiel al instante. Ellos parecían tenerlo claro.

El último cuarto del séptimo y definitivo partido de las Finales de Conferencia empezaba con los Blazers 15 puntos arriba sobre los Lakers en Los Ángeles. Cuando ya se veían acariciando con los dedos la final de la NBA, una reacción de los Bryant, O'Neal y compañía volvió a igualar el encuentro. Andrés Montes se hacía cruces con la inacción de un Mike Dunleavy que no pidió el tiempo muerto hasta el ecuador del cuarto, ya con los locales a tan sólo 3 puntos. Con aclarados para que Rasheed Wallace se jugara los tiros como casi única estrategia ofensiva, realizó también un sólo cambio en ese tramo, el de Brian Grant por un Sabonis con problemas de faltas. El parcial no hizo más que crecer (31-13 terminó siendo el de aquel último periodo) y los de Phil Jackson acabarían accediendo y a la postre ganando la gran final ante los Indiana Pacers. Las predicciones de Montes y Daimiel se confirmaban, y aquella plantilla poco a poco se fue desmontando, no volviendo a llegar ya nunca tan lejos.

Plantilla del FC Barcelona para la temporada 2019-2020. Fuente: www.muevetebasket.es.

Justo veinte años después de aquel verano del '99 (algún día deberá contarnos Daimiel, por otra parte, qué pasó durante aquellos meses) se conforma otro "súperequipo", como lo definió hace un par de meses una voz tan autorizada en "Can Barça" como la de Juan Carlos Navarro. A los diez nombres que se mantienen del curso pasado se le suman cinco estrellas que podrían formar un quinteto inicial de auténtico lujo: Delaney-Higgins-Abrines-Mirotic-Davies. A priori es una plantilla sin fisuras. La dirección de juego la forman tres bases muy complementarios entre sí, pues a la ya gran pareja Heurtel-Pangos se le sumó, hace tan sólo unas semanas, un Malcolm Delaney que parece ser la guinda del pastel. El ex de Atlanta Hawks, tras un año en China, viene en principio a cubrir la baja del francés hasta su regreso, pronosticado para Enero-Febrero, pero como juegue a su nivel a ver quién es el valiente que le sienta. En los puestos de escolta y alero, a Ribas, Hanga, Kuric y Claver (cuatro exteriores que casi cualquier equipo firmaría tener) se les añaden ahora Higgins y Abrines, dos nombres con ya mucha experiencia europea a pesar de que ninguno supera la treintena. El primero llega tras su brillante paso por el CSKA, y el segundo, de vuelta de la NBA, ya triunfó en su primera etapa como culé. Y por dentro, a Oriola y Tomic les acompañarán este año Nikola Mirotic y Brandon Davies, nada menos. El montenegrino llega para reinar en Europa, con un súpercontrato (se habla de 8-9 millones brutos por año, lo que le situaría como el mejor pagado del continente), tras rechazar varias ofertas NBA. Y el segundo fue quizás el pívot más codiciado el pasado verano por los grandes europeos, Real Madrid incluido. Trece jugadores de primerísimo nivel a los que se les suman los jóvenes Smits y Pustovyi, de un nivel inferior pero que el curso pasado ya mostraron buenas maneras.

Parece un equipo de Play Station, cuando uno es el entrenador y ficha a quién le da la gana. Pero precisamente ahí quizás resida el factor que más dudas genera, tal y como Montes y Daimiel alertaban sobre Dunleavy. Svetislav Pesic es una leyenda sin duda del baloncesto europeo, con multitud de títulos tanto a nivel clubes como selección (incluida la primera Euroliga culé en 2003), pero que a sus setenta años recién cumplidos siembra dudas en cuanto a su actualización con el basket de hoy en día. De fuerte e inflexible personalidad, el serbio potencia siempre en sus equipos la vertiente defensiva y el sacrificio de los nombres por el bien común. Su temperamento le llevó el curso pasado a ser expulsado en varios encuentros, y muy comentados fueron sus encontronazos con dos de las estrellas del equipo, los franceses Heurtel y Seraphin, apartando incluso a este último de la rotación en el tramo decisivo de la temporada. El paralelismo en la relación Pesic-Heurtel con aquella Dunleavy-Stoudamire que tan nervioso ponía a Andrés Montes, así como en los perfiles de los cuatro protagonistas, es tan evidente que asusta. Pero más allá de esa anécdota, está por ver cómo Pesic administra el tiempo de juego de esta plantilla y hasta qué punto sabrá optimizarla.

"Al final, Daimiel, la vida es así... mucha pizarra, mucha táctica... pero en un minuto salvaje.... ni pizarra, ni táctica, ni nada de nada... talento, única y exclusivamente talento, individualidades", le decía Montes a Daimiel. Una frase, por otra parte, que refleja perfectamente la esencia de este blog. Quizás Andrés tenia razón, pero siempre se ha dicho que las individualidades ganan partidos y los equipos campeonatos. Veremos qué acaba pesando más en este Barcelona, porque posiblemente sean los quince mejores nombres que el dinero puede comprar, pero está por ver si es también el mejor equipo.

lunes, 20 de mayo de 2019

A veces no hace falta ganar

Con todas las vivencias ya acumuladas y con lo que se puede ver por ahí, uno se siente bastante convencido de que nada por sí sólo da la felicidad. En realidad ni siquiera esta existe como tal. Ir en busca de algo para alcanzarla es perder el tiempo. La felicidad no se busca, se vive. El camino transitado es mucho más importante que uno u otro desenlace. Sobre todo porque es con él con quien pasamos la gran parte del tiempo. Que le pregunten a uno de los muchos decepcionados con la última temporada de Juego de Tronos si el camino mereció la pena. Pues claro que sí. O a alguien a la vuelta de un viaje si volvería a gastarse todo ese dinero para acabar regresando al mismo sitio unos días después. O a cualquiera de nosotros si no se arrepiente de gastar horas y horas cada fin de semana "sólo" tomando unas cervezas y echando unas risas con amigos. Con los buenos momentos que todo ello nos hace pasar.

El pasado Sábado el CF Castalla se quedó a las puertas del ascenso a la Primera Regional del fútbol valenciano tras no poder remontar el 1-0 con el que volvió de Villajoyosa tras el partido de ida del playoff. Tras una primera parte con mucha tensión pero poco control de juego y ocasiones por parte de ninguno de los dos equipos, los locales salieron a la segunda con la convicción que les había faltado y pronto abrieron el marcador, igualando así la eliminatoria. Pero cuando más cerca parecía estar el segundo, los visitantes se encontraron con un gol que ya antes del encuentro se vislumbraba como decisivo. Ahora hacían falta otros dos, a poco menos de un cuarto de hora para el final, y el golpe moral para los nuestros fue tremendo. Tanto fue así que ya ni siquiera dispusieron de grandes ocasiones para marcar, llegando incluso en el descuento el definitivo 1-2 para el CF Atlético Jonense. Un final muy cruel, también teniendo en cuenta el temporadón realizado. Acostumbrados a una media de 40 puntos los últimos años, el Castalla se fue este hasta los 64, con 20 partidos ganados, 4 empatados y 3 perdidos, quedando en segunda posición del Grupo 10 a sólo 8 puntos del Rayo Ibense "B". Uno que ha visto gran parte de los partidos (y que ha pasado muchas horas también sobre el césped) puede asegurar lo enorme del éxito. Claro que ahora duele, y mucho, sobre todo si lo tienes tan cerca, si te lo has merecido durante nueve meses y aún más si nunca lo has conseguido. Pero las vivencias, emociones y alegrías disfrutadas durante este año único, desde jugadores a aficionados y pasando por entrenadores, directivos y colaboradores, ya no las podrá borrar nadie.

Un amigo me decía, justo al término del partido, que "deben quedarse con la parte positiva: ahora ya saben que pueden". Es verdad, aunque en realidad ni siquiera un ascenso de Categoría hace falta para saber que sólo el camino ya mereció la pena. La posibilidad de conocer a más gente del pueblo más allá del reducido grupo de amigos, defender los colores de los tuyos por toda la provincia o simplemente juntarse para hacer deporte cada semana con otros vecinos es mucho más importante (y gratificante) que cualquier triunfo. Eso ya lo sabemos los que casi nunca hemos ganado.

                                                                            Foto: Facebook del C.F. Castalla

miércoles, 8 de mayo de 2019

También contra los tuyos

Foto: Agencia EFE.

Se supone que en cualquier deporte colectivo uno compite contra sus rivales arropado por los suyos. De eso se trata. Y sólo así parece posible conseguir triunfos, más aún en fútbol, donde juegan once contra once. Pues bien, esta Temporada estamos siendo testigos de una nueva modalidad: el uno contra todos.

Anoche en Anfield quedaron al descubierto prácticamente todas las carencias de este Barcelona (además de la evidente e incomprensible falta de actitud). Fue como un baño de realidad. Y que hasta anoche no nos hayamos percatado de ellas es sólo culpa de un nombre: Leo Messi. Sus constantes exhibiciones (sus dos golazos de falta en Cornellà, sus dos hat-tricks en sus visitas a Sevilla, su partidazo en Wembley o sus dobletes ante Lyon, Mancheter United y Liverpool, por poner algunos ejemplos de partidos complicados) nos han ido generando la sensación de que no importaba nada más. Los árboles no nos dejaban ver el bosque. Ayer no llegó la exhibición y todo el resto quedó en evidencia. Pero es que ni siquiera es que hiciera falta. Para defender un 3-0 en un partido de vuelta basta con estar un poco metidos en el asunto. Pues ni con esas.

Nadie sabe aún hoy, casi dos años después, a qué juega el Barça de Valverde. La falta de un estilo de juego, una identidad propia, ha provocado Domingo sí y Miércoles también quedar siempre a merced del rival y sufrir innumerables ocasiones de gol, que sólo las paradas de Ter Stegen (el único que se ha acercado al nivel del argentino) ha podido contener. Porque tampoco los pesos pesados han estado a la altura. La Temporada que lleva Busquets es para hacérselo mirar. Hace unos meses, a pie de campo, confesaba que no se veía jugando hasta los trentaymuchos. Quizás debería plantearse si seguir con trentaypocos. También este Suárez es una sombra del que ha sido siempre, cada vez más centrado en sus protestas a los árbitros que en la portería contraria. A Rakitic parecen haberle ya abandonado las piernas, y otros como Sergi Roberto, Piqué o Jordi Alba han ido claramente de más a menos. Por último está la planificación deportiva. Pese a acertar en fichajes como los de Arthur, Lenglet, o Arturo Vidal, el grueso de la inversión parece haberse tirado por la borda. La directiva de Bartomeu ha comprometido seriamente el futuro del club gastando casi 300 millones de euros en dos jugadores a los que les tiemblan las piernas cuando se visten de azulgrana: Coutinho y Dembélé.

Con todo, Messi ha conseguido ganar una Liga teniendo que superar no sólo a todos sus rivales, sino también a su propio club. Algo insólito. Además se ha plantado en la final de Copa tras tener que acudir en dos ocasiones al rescate para remontar. Pero se ha quedado a las puertas de otra Champions, la más "linda y deseada", como el propio Leo admitía en pretemporada. Vale que tengas que hacer frente a Real Madrid, Atlético, Manchester United o Liverpool, pero parece demasiado tener que superar también a los tuyos. Así es imposible.

lunes, 28 de enero de 2019

No es tan fácil

Sales de la estación de Metro Estadio Metropolitano y la sensación es que ya no estás en Madrid. Esa gran extensión de terreno sin edificar, en la que actualmente se está trabajando para dotar de nuevos accesos y plazas de parking al feudo rojiblanco, transmite una tremenda frialdad. Al avanzar unos metros y descubrir a tu derecha ese imponente estadio se confirma la sensación. Una gigantesca bandera con los colores y el escudo del equipo trata de aportar algo de calidez, pero no sé yo si lo consigue.

La fachada principal del Wanda Metropolitano, junto a esa bandera, parece más bien la de un hospital. Uno espera que en cualquier momento un familiar de algún paciente asome de uno de esos huecos para tomar el aire o disfrutar de las vistas. No tiene ningún atractivo el estadio por fuera. Todo de hormigón visto, pero con la impresionante cubierta que asoma de vez en cuando por arriba, la cual te da una idea de la inmensidad del lugar. Esa sobriedad se traslada también a los aledaños, donde casi lo único que hay son metros y metros libres para el trasiego de la multitud, sin apenas puntos de sombra o donde sentarse. Menos mal que era 26 de Enero y no de Agosto. Abundan, eso sí, los puestos de souvenirs y comida rápida, y detrás de uno de los fondos se observan dos castillos hinchables para niños y una carpa en la que suena "Mi gran noche" de Raphael. Está prácticamente vacía, claro. Aquello parece una Comunión de pueblo en los 70.

A poco más de una hora antes del inicio del partido se abren las puertas y, cómo no, entramos enseguida. En pocos segundos estamos ya en la grada, y sorprende viendo lo espacioso de pasillos y zonas interiores. Los castillos hinchables y la carpa podrían haber cabido allí dentro. Pero lo más llamativo es que los de los anillos superiores también llegarán rápido, ya que las escaleras son exteriores, muy anchas e independientes entre gradas, lo que evita tapones y largas colas al entrar y salir. También es austero el acabado interior, con paramentos de hormigón y suelos fratasados. Seguridad y funcionalidad ante todo. La buena impresión se culmina al ver el interior del coliseo. Los miles de asientos rojos se alternan con numerosos y anchos pasillos, todo distribuido en tres anillos sólo interrumpidos por la fila de palcos privados, que casi da la vuelta completa al estadio. También los hay en dos de los córners, junto a sendas pantallas enormes donde el público disfrutará de las repeticiones. Hay una tercera en el lateral frente a tribuna. No se echa nada en falta para disfrutar del espectáculo, tanto si eres un simple aficionado como uno de los afortunados invitados. Ahora sí estamos en el siglo XXI. Pero la joya de la corona es esa espectacular cubierta retráctil y ondulada. Una estructura metálica de gran belleza por sus dimensiones, diseño y continuidad, que nos cuentan que aún gana mucho más de noche, encendida. Mientras los jugadores calientan sobre el césped los 68.000 asientos se van poco a poco ocupando, y minutos antes del inicio se anuncian los nombres de los protagonistas. La megafonía transmite dos cosas: la tremenda sonoridad del estadio y quién es el verdadero ídolo allí, escuchando la ovación tras anunciar el nombre de Diego Pablo Simeone. El Atlético empieza dominando en el juego, porque no podría ser de otra forma en ese escenario y porque este Atleti ya no es el de antaño. Los Gabi, Mario Suárez o Raúl García han dejado paso a Rodri, Thomas o Lemar, y eso se nota, sobre todo con el balón en los pies. Nadie se acordó de Koke en la primera parte. Eso sí, nada sería posible sin Griezmann. Es difícil ser más decisivo tocando tan pocos balones, aunque en esta ocasión tenía su motivo: su presencia era más necesaria que nunca arriba, viendo la indolencia de Kalinic. Pase interior de Thomas, latigazo desde la frontal al palo corto y a otra cosa. El Getafe apenas podía salir de su campo, y minutos después llegó el segundo. Otro gran pase de Thomas, el mejor el Sábado junto a Rodri, habilitaba a Lucas Hernández para que este centrara cómodamente al corazón del área, dónde Saúl aprovechó el rechace a tiro de Kalinic. No sé si habrá cosa más difícil en este mundo que levantarle un 2-0 al Atlético de Madrid, y su afición parece también tenerlo claro: la segunda parte quedaba para otros quehaceres.

El que diga que lo único que interesa en los eventos deportivos es el propio juego miente. Como cualquier concentración con miles de personas allí había mucho más de lo que estar pendiente. Y es que hubo un momento en que los gritos de ánimo hacia el equipo dieron paso a una especie de diálogo entre El Frente y el resto de aficionados. No sé como rugiría el Calderón, pero el Wanda también suena y mucho. Esa cubierta también tiene mucho que ver en eso. Mientras los clásicos cánticos eran secundados por la multitud, la armonía se rompió de repente: "Menos Morata, y más Borja Garcés", se les ocurrió gritar a los ultras, posicionándose claramente a favor de los canteranos y en contra del ex-madridista, recién fichado del Chelsea. A la tercera ya el resto de la grada se percató y empezaron los pitos como respuesta. Los de El Frente, viendo su protagonismo, se envalentonaron y repitieron la consigna varias veces más. Era una situación muy curiosa, con una parte de la afición reprochándole a otra, casi regañándole como hace un padre a su hijo. Y la razón siempre la suelen tener los padres (o la mayoría, según se mire). Decir que Morata no puede fichar por el Atlético sólo por haber jugado en el Madrid es no saber de qué va esto. La vida no es tan fácil, tan simple. Si lo fuera, el Barça ganaría la Champions automáticamente si decide tirar la Copa. Uno estaría legitimado para autoproclamarse presidente del gobierno en Venezuela si no le gusta el que hay. O el Atleti seguiría jugando en el estadio Vicente Calderón.